
La historia transcurre en un crucero de lujo que, repleto de turistas, va recorriendo algunas islas del mar Egeo. El viaje discurre plácidamente, hasta que un día el tiempo empeora de forma brusca. El cielo se tiñe primero de gris y luego negro, con unos nubarrones tremendos que presagian una tempestad de tomo y lomo. El mar está muy agitado, con unas olas cada vez mayores que hacen que el barco, que es un pedazo de barco, se tambalee. Ante esta climatología tan adversa, la inmensa mayoría de los pasajeros, los más osados, aquellos que deciden contemplar el paisaje que, aunque sombrío, tiene también algo mágico. Entre estos pocos pasajeros intrépidos se encuentra un padre con su hijo de seis años. Ambos están acodados en la baranda del crucero, contemplando el vaivén de las olas. De repente, ante una fuerte sacudida del barco, el niño se cae al gua. El padre se queda momentáneamente petrificado, sin saber qué hacer. Y cuando está en pleno proceso acelerado de toma de decisión - me lanzo, no me lanzo - otro pasajero se tira al agua. El niño está gritando desesperado, pero afortunadamente el pasajero logra rescatarlo y todo termina felizmente. Al cabo de un rato, cuando los ánimos tanto del niño como del padre se han serenado, este último se dirige al salvador de su hijo y le dice, en tono algo tembloroso "sé que lo que usted ha hecho por mi hijo es impagable, pero me gustaría recompensarle" y, mientras habla, saca de su cazadora un talonario de cheques y una estilográfica, dispuesto a escribir la cantidad de euros que sea. El salvador le contesta: "Gracias, pero no". El padre insiste: "Entienda que tengo la necesidad moral de recompensarle de alguna forma". El salvador vuelve a rechazar la oferta: "Le agradezco la intención, pero, de verdad, no es necesario". El padre vuelve a la carga: "Mire, no hablemos de dinero. Dígame usted cualquier capricho, que se lo financio encantado. Soy millonario, así que no sufra usted por eso. ¿Quiere un castillo en el sur de Francia?, ¿una de estas maravillosas islas? Lo que sea, dígamelo, y se los consigo". El salvador, en tono firme, rechaza de nuevo la recompensa: "De verdad no insista. Yo también soy millonario, es más, multimillonario, por eso estoy disfrutando de este crucero de lujo y no necesito absolutamente nada". A pesar de la firmeza del salvador, el padre persevera en el ofrecimiento. La discusión se prolonga un buen rato más hasta que finalmente el salvador, ante la tremenda insistencia del padre, le dice: "Bueno, está bien, ya que insiste usted tanto, hágame un favor: averígüeme quién ha sido el hijo de puta que me ha empujado al agua"
Reflexión:
A veces, para hacer grandes cosas, necesitamos que nos den un empujón.
Reflexión:
A veces, para hacer grandes cosas, necesitamos que nos den un empujón.

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